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domingo, 12 de mayo de 2013

¿Qué queremos las mujeres?




Para demostrarme su amor,
él escaló la montaña más escarpada,
buceó en el océano más profundo
y cruzó de cabo a rabo
el desierto más ancho del mundo.

Yo decidí abandonarle
porque nunca estaba en casa.


martes, 12 de febrero de 2013

Soliloquio



No me estás escuchando, ¿verdad? Te estoy diciendo que hagas el favor de levantar el pie del acelerador. Me estás poniendo de los nervios. Tendrías que haberle dicho a tu jefe que no podríamos asistir a la boda de la ñoña de su hija. Podríamos haberle mandado un regalito por correo, ¿no? Mira que hay sitios bonitos para casarse en Barcelona. Pero, no, la muy zorra nos está llevando por más de doscientos quilómetros de curvas que se marea hasta el motor. Menuda excursión mortífera. ¿Que por qué la insulto? Porque tengo vértigo y mal de altura, ya lo sabes. Y me da que la voy a palmar si no frenas. Ya me empieza a faltar el aire. Oye, ¿a qué vienen esas risas? Yo no le encuentro la gracia. Sí, sí, ya sé que hay quien revive con la respiración artificial. Pero a mí no me gustaría que me devolvieran la vida con el boca a boca, hay gente muy puerca que no ha visto un cepillo de dientes en su vida, y algo debe de pegarse, igual que cuando te mudan la sangre. Cuando sales del hospital ya no sabes quién eres. Y toda la vida en deuda con el que te resopló en los pulmones. Quita, quita. Además, que siempre te señalarán: Mira, por ahí va la muerta. Qué bonito, ¿verdad? ¿Que si le temo a la muerte? Pues claro que sí, no te joroba. Aunque cada vez menos, sinceramente. Hoy en día ya sabes cómo va a ser el entierro, lo que escribirán en la página necrológica cuando la diñes, lo que va a costar la esquela, y el funeral, y más o menos hasta sabes cómo va a ser la luz de esa tarde en el cementerio, tranquilos los cipreses, alguno que otro amigo entristecido, los que te quisieron bien con su pena a rastras, y los demás... Poniéndote a parir. Y volverá a amanecer, y volverá a haber barullo en las calles, y yo me volveré a casar, y todo seguirá más o menos igual. Eso sí, echaré de menos tus manías, tus gestos, tu reírte de todo y tu enfadarte por nada, tu quedarte pasmado frente al televisor. Y al llegar la noche, me desnudaré tranquila, sonriendo, eso sí, sonriendo, los papeles de la herencia en la mesita... ¿Por qué me miras así? Ah, sí, perdóname, cari, no me daba cuenta de que estabas ahí, estaba hablando sola, bueno, me pasa con frecuencia cuando no me escuchan...
  

martes, 11 de septiembre de 2012

Uso correcto de la exageración





¿Que qué me pasa? Pues que otra vez ha venido a verme Miguel con el rollo ese de la autodestrucción. Que no le haga caso, ¿dices? Imagina que por una vez habla en serio. Cómo crees que me sentiría yo si le pasara algo, ¿eh? ¿Pero, qué dices...? ¿Que hay que largarse a dormir?... Que te crees tú eso. Tú no te mueves de aquí si no has llamado antes a Miguel. ¿Que por qué estoy tan preocupada? Pues porque yo tampoco me tomo en serio a Miguel. Y ahora me arrepiento de haberle dicho unas pocas barbaridades. ¿Que qué le he dicho? Pues, para empezar, que tuviera en cuenta los sentimientos de los demás antes de suicidarse. Que trate de matarse en un lugar público. Que un puente o el alféizar de una ventana son los lugares idóneos para que la multitud pueda congregarse y le anime a saltar. Y sobre todo que deje que al menos un policía suba a disuadirle antes de saltar. Que es así como consiguen medallas y promociones. ¿Por qué me miras de ese modo, cariño? ¿Entiendes ahora por qué estoy tan alterada? Ah. También le rogué que escogiera bien la ocasión. Que existen momentos donde sería de muy mala educación suicidarse. Por ejemplo, en el funeral de alguien. Eso sería robarle el espectáculo al difunto. ¿Que si me ha dicho cómo piensa quitarse la vida? Sí. Me habló de cierta droga. Pero a mí me pareció una opción demasiado arriesgada. Le advertí que podría calcular mal la dosis y limitarse a pasárselo bien. Yo le aconsejé usar una pistola. Son más elegantes que las simples hojas de afeitar y el gas se ha puesto muy caro. Y después hablamos de los amigos. ¿No te he dicho que te nombró al menos tres veces? Le sugerí que antes de abandonar este mundo, se acordara de los amigos. Que siempre podría involucrarlos en su acto dejando varias notas de suicidio, explicando cómo cada uno de ellos ha sido la principal causa de su desesperación. ¿Que si tengo el número de Miguel? Claro. Aunque lo mismo ya es un poco tarde, ¿no crees? Vale, vale, tranquilo, ¿eh? Y no hace falta que me grites de este modo. Que yo no estoy diciendo que tu amigo la haya palmado. Te estoy diciendo que son más de las dos de la madrugada. A ver si le vas a dar un susto de muerte al pobre Miguel...

Aniki.

viernes, 20 de julio de 2012

Aquellos amores...





Mira, Cristina, yo sé que no vendrá, y lo sé muy bien. ¿Que por qué estoy tan segura? Pues porque hace veinte años le dije que salía a comprar unos zuecos y no volví. En una de sus muchas cartas llegó a preguntarme si había ido a Suecia a comprarlos. Yo no le contestaba. Rompía cada una de sus cartas. Cuando sonaba el teléfono, se ponía mi madre. Y si era él, le decía que aún no había llegado a casa o que estaba de vacaciones en algún país imaginario. Y digo imaginario porque a mi madre nunca se le dio bien la geografía, y no veas tú la de países que inventó durante los seis meses que tardó el chico en darse cuenta de que no volvería a saber de mí. Hasta ayer, claro, que me encontró a través de Facebook. Lo que no sé es por qué he quedado con él después de todas las perrerías que le hice. ¿Que cómo era? Cuando le conocí, él tenía 26 años y yo 19. Me lo presentó mi madre. El chico era “Poeta”. Un enamorado de las letras. Muy buena persona, aunque un poco mema. Le gustaba decir frases solemnes, incluso en verso, y admiraba la naturaleza poniendo los ojos en blanco. Aquello, te lo aseguro, iba tomando muy mal cariz. Por eso, cuando me dijo, y creía que me rendía a sus pies con aquella confidencia, que él se identificaba con la naturaleza, le ayudé a conseguirlo. Ni más ni menos. Cuando íbamos por ahí, gritaba como ñoño perdido: “Oh, amada mía, mira, un árbol”. Y venga y dale: “Oh, un puente”. Y yo: “Sí, hijito, sí, y de piedra”. Unos pasos más allá: “Oh, un torrente se escucha”. “Sí, rico, sí, tú sí que vas a escuchar un torrente”. Y, claro, yo lo llevé al borde del barranco, y no es que yo lo zambullera, no, es que lo identifiqué con el paisaje. Lanzó un grito de nada, el muy desagradecido. Pero se acabo el asunto. El que hubiera grandes piedras abajo, que no entendían de lirismos, de eso ya no tuve yo la culpa. Éramos novios, sí, pero yo no estaba dispuesta a casarme con la naturaleza entera.
Y ya está. Fin de la historia. Y ahora, amiga, vámonos de aquí. Que yo sé que no va a venir. Sí, mujer, ya sé que hemos quedado a las cinco y sólo son las cuatro y media. ¿Que si tengo remordimientos? Tal vez sí. No estoy segura. Pero aquí estoy, ¿no? Con los ojos pegados en la esquina por donde solía aparecer…



Aniki





miércoles, 2 de marzo de 2011

El arte de no oír



¿Que de qué me río? Nada, nada, un chiste que me ha enviado una amiga, es buenísimo. Luego te lo cuento, ¿vale? Y ahora, ¿por qué no vamos al cuarto de baño y probamos algo nuevo? ¿Que si vamos a probarlo en la bañera? Pues me temo que no, cariño, porque, para empezar, no estoy pensando en el sexo, y para rematar, porque tú no eres George Clooney en “La Tormenta Perfecta”, tú eres el capitán Pescanova. Anda, vamos. Bien, ahora dime qué ves. ¿Cómo que no ves nada raro? A ver, ¿no ves que hay una toalla empapada en el suelo? Bien, perfecto. Y dime, ¿piensas recogerla o la dejamos ahí a secar veinticuatro horas? Y ahora dime, por qué crees que los inodoros se fabrican con tapa, ¿eh? Ah, muy bien, para poder sentarte, dices. Tú estás hoy muy gracioso ¿verdad? Pues no, si hacen una tapa, es porque hay que taparlo, sino los fabricarían sin tapa. ¿Que por qué estoy de mal humor? Anda, ven, que te voy a presentar al abominable cesto de la ropa sucia. Sí, sí, ya sé que colocas la ropa sucia en el cesto, eso sí... ¡pero siempre encima de la tapa!

En fin, que ya veo que no tienes remedio, anda, vamos a ver la tele. ¿Que te explique el chiste? Ay, sí, el chiste, muy bueno. Es una mujer que sale como loca al balcón de su casa, y le grita a su marido que está en el parque hablando con los amigos: ¡Pepe, Pepe! ¡Que me han tocado 50 millones en la Primitiva! El hombre salta como loco de alegría, pasando de los amigos, y sale lanzado hacia el domicilio conyugal para abrazarse con su mujer. Está cruzando la calle, y en eso ¡¡¡Zaaaaaaaaaaaaassss!!! aparece un trailer a 90 km/h y sin frenar, que se lo lleva por delante. La mujer abre los ojos hasta sacarlos casi de las órbitas, y dice: ¡¡¡Joooooooderrrrrrrrr!!! ¡¡¡Cuando se está en racha... se está en racha!!!
Oye, cariño, cierra despacio cuando salgas, que los vecinos están hartos de tus portazos...
Aniki

lunes, 27 de diciembre de 2010

24-12-2010


Menos mal que ya se han ido. Y como siempre, mi tía Laura, la última. No ha parado de quejarse de la escalera, que si larga, que qué esfuerzos para bajarla, que por qué no funciona el ascensor. Al final la he tenido que empujar desde lo más alto. Ha bajado deprisita y sin el menor esfuerzo. ¡Cómo sonaba la cabeza en el mármol, por Dios! ¿Que si hablo en serio? Pues claro que no, hombre. ¿De verdad me ves capaz de una cosa así? Bueno, déjalo. Mejor que no contestes. Estoy muerta y no quiero discutir.
Y ahora voy a recoger el caga tió, o lo que ha quedado de él. Menuda paliza le han dado los niños cuando se han acabado los regalos. Me saltaban hasta las lágrimas. ¿Has visto el golpe de gracia que le ha dado mi sobrina? Pobre tronco. Juraría que ha dado cuatro vueltas de campana con tirabuzón y todo. No sé por qué te ríes, hablo muy en serio. Estos críos son unos bárbaros. Pero bueno, aún así son la alegría de la casa. Ya lo has visto, en cuanto los mayores se han puesto a recordar, he saltado de la mesa y me he ido a jugar con ellos. A mí eso de recordar, lo que se dice recordar no me ha gustado nunca. Yo prefiero siempre proyectar, no sé, siempre es mejor decir Mañana, El mes que viene, A ver si otro año, eso significa que aún hay deseos de futuro. Pero se han pasado toda la noche repasando el pasado, que si cuando éramos niños, que si la boda de aquel, que si las infidelidades de aquella, que si papá… Oye, ¿se puede saber qué haces ahí tumbado? Ese es mi sofá. Y quiero que te vayas ahora mismo. ¿Que te traiga una manta y unas galletas? ¿Tú estás sordo o qué? Lo que tienes que hacer es buscarte un piso cerca de un buen restaurante porque aquí, en mi casa, ya no pintas nada. ¿Me estás escuchando? Pero bueno, ¿cómo se ha podido dormir tan pronto? ¿Pero este hombre no reza ni nada? En fin…
Aniki

domingo, 28 de noviembre de 2010

Día de Santos

1 de Noviembre de 2010

¿Estás satisfecho por fin? Espero que la misa no dure demasiado. Los cantos fúnebres me deprimen. Y el humo de los cirios me marea. ¿Que deje de quejarme? La culpa es tuya, tú me has arrastrado hasta aquí. Ya me dirás tú qué pinto yo en una iglesia. Me siento como un robot. Me arrodillo y me levanto al mismo tiempo que los demás. ¿Que recite las oraciones? Tú estás de coña, ¿no? Hazlo tú por mí, so beato, y de paso pídele a Dios la combinación ganadora del próximo sorteo de la Primitiva. Dile de mi parte que si nos hace millonarios, me haré católica practicante. ¿Que se lo diga yo? Eso es imposible, cariño, hace unos años, Dios y yo hicimos un pacto. ¿Que qué pacto? Pues que nos dejaríamos en paz mutuamente. Cállate tú, yo estoy hablando muy bajito, eres tú el que se altera y alza la voz por nada. ¿Te has fijado en el lujo que hay en las iglesias? Qué óleos, qué techos, qué cristales… Madre mía, si hay más dinero aquí que en las arcas del Estado. A veces me pregunto cómo ha llegado la iglesia a su inmensa riqueza. Está bien, hombre, ya me callo. Venga, escuchemos la palabra de Dios de boca de un hombre de carne y hueso, de raza blanca, de edad avanzada y de cara sonrosada de tanto darle al pan y al vino, bueno, más al vino que al pan. Y digo yo, con la de pasta que recaudan, el vino será del bueno, ¿no? Como mínimo, un buen Cabernet Sauvignon. Ah, y yo no quiero saber nada de la hostia esa, aún recuerdo la última vez que me comí una, dos días la tuve pegada al paladar, qué mal trago pasé. Además, con el vinillo apetecen más unas pastitas de té, ¿no crees? Oye, serás bruto, menudo codazo me has dado. Creo que me has roto una costilla. Mírate, ni caso, tú a lo tuyo. Ahora sí que voy a rezar, pero por tu alma, porque como me hayas roto una costilla, no te va a hacer falta rezarle a Dios, porque yo misma me ocuparé de que puedas entrevistarte personalmente con él. Huy, pero qué daño me has hecho, serás...
Aniki

domingo, 24 de octubre de 2010

Al mal tiempo mala cara

¿Que qué me pasa? Pues que he tenido un día horrible y estoy cansada. Me voy a la cama. ¿Cómo que aún no has cenado? ¿Y me lo dices ahora? Podrías haberme avisado, ¿no? ¿Que te prepare algo rápido? Menuda cara tienes. En fin, voy a ver qué te apaño.
¿Qué tal la sopa? ¿A que está rica? ¿Y para qué quieres la receta? Tú come y disfruta de los colorantes, los conservantes y los picatostes. ¡Pues claro que es de sobre! A ver si te crees tú que a las doce de la noche te voy a preparar un caldo gallego con alubias y grelos. Anda, no me marees, que ya te he dicho que estoy muerta. ¿Que te prepare el postre? Claro, hombre, faltaría más... Toma, aquí tienes la macedonia y el abrelatas. Oye, no empieces de nuevo, ¿eh?, que la fruta enlatada es igual de sana y nutritiva que la fresca. Pero qué dices, hombre, venga, no seas mal pensado, ¿por qué querría yo putearte? Pero si me hubieras avisado de que venías tan tarde y tan muerto de hambre, te hubiera esperado y compartido el delicioso pollo relleno de gambas que trajo tu madre hace unas horas, nada más enterarse de que su pequeñín saldría tarde de la oficina. ¿Que dónde está el pollo? En el congelador, cariño, en cuanto se fue tu madre corté un buen pedazo para mi cena y el resto lo metí rápidamente en el congelador para que cuando llegaras tú, el pollo estuviera más tieso que el palo de una escoba. Y a ver si te enteras de una vez que vives conmigo y no con tu madre. ¿Que qué quiero decir? Pues que me cabrea muchísimo que me tenga que enterar por tu madre de tus horarios, de tus idas y venidas, y de muchas cosas más... En fin, que mucho me temo que si las cosas no cambian, voy a llenarte de comida basura, enlatados y precocinados, y ya mismo te veo con el hígado hecho migas. Tú mismo...
Aniki

domingo, 10 de octubre de 2010

El amor y la rutina


Mira, cariño, la verdad es que no me explico cómo demonios te has picado así. Tampoco es para ponerte como te has puesto. Yo sólo he dicho que últimamente me aburro muchísimo. ¿Cómo que qué quiero decir? Pues eso, que me aburro, vamos, que ya no recuerdo la última vez que fuimos de copas o a bailar. Que nos pasamos los fines de semana como dos monaguillos de parroquia en parroquia, o lo que es lo mismo, de casa de tu madre a la de la mía. Y, sinceramente, estoy harta de tanta monotonía. ¿Cómo que ya no tienes edad para según qué? Ay, tienes razón, es lo que tiene, con más de cuarenta años. Tú, la lechecita, el bollito integral, y a medirte la tensión, y a estar confesado por si las moscas. En fin, que veo que estás pillando un cabreo de marca porque te digo la verdad, vamos, sin ofender, que estás hecho un viejales. Oye, a mi no me mandes callar, ¿vale? Aunque, bien mirado, tienes razón, mejor que dejemos el tema antes de que acabemos mal, muy mal. Bueno, ¿te explico un chiste? ¿Sí? Te gustará, verás.
Se juzga a un lepero y dice el fiscal al acusado:
- A ver, ¿por qué disparó dos tiros a su suegra?
- ¡Por qué no tenía más balas!
Es bueno, ¿verdad? ¿No? Pues vaya, a mí me ha parecido de lo más ocurrente... En fin, cariño, que me voy a dar una vuelta con Cristina, y ya volveré por la noche. Está visto que hoy no hay quien te arranque una sonrisa.
Aniki

martes, 7 de septiembre de 2010

Premio Darwin


Eso que dices no es cierto. Que tú hayas estudiado más que yo no significa que seas más listo ni más inteligente. Precisamente, porque eres más tonto has necesitado más años de aprendizaje. Pero, ¿a dónde vas? Venga, no te enfades, hombre, y siéntate. Por cierto, no te he contado que hace unos días conocí a un tío muy interesante, y muy inteligente también, nada menos que piloto de aviación. Estuvimos charlando de todo un poco. Y de repente, va y me suelta que deberían darme un premio por lista. ¿Que qué premio? Pues, no sé, ahora no recuerdo bien, creo que dijo algo de Dar… ¡Darwin!, sí, ese mismo. Me dijo que si continuaba así, muy pronto me darían el Premio Darwin. Y la verdad, yo no sabía de qué me hablaba, pero un premio es un premio, ¿no?. Oye, ¿a qué viene esa sonrisita? Yo no le veo la gracia, la verdad. ¿Cómo dices? ¿Un premio póstumo, el Darwin? Anda ya, hombre, tú lo que estás es celoso. A ver, quita de ahí, que yo tecleo más rápido.
Pues vaya, tienes razón, aquí dice:
“UN PREMIO DARWIN ES UN PREMIO IRONICO QUE SE BASA EN EL SUPUESTO DE QUE LA HUMANIDAD MEJORA GENETICAMENTE CUANDO CIERTAS PERSONAS MUEREN POR UN ERROR ABSURDO O UN DESCUIDO. EL PREMIO DARWIN SE CONCEDE DE FORMA POSTUMA.”
Pues vaya, qué mamón el tío, ¿no?. Pero, qué dices, hombre. ¿Por qué iba yo a ofenderle? Yo sólo le solté un par de frescas cuando se me puso en plan machista; que si las mujeres somos unas miedosas, que si los mayores logros y descubrimientos tienen nombre de hombre... Y claro, ahí me piqué. Fue entonces cuando le pregunté: oye, ¿tú utilizas casco cuando pilotas? Y al responderme que "sí", le pedí que me explicara para qué sirve un jodido casco si te metes una yoya a 3.000 metros de altitud y a una velocidad de 500 kilómetros/hora. También le pregunté para qué servía un paracaídas cuando uno está a 20.000 metros de altura, vamos, que cuando se abre el paracaídas ya te han dado cinco o seis infartos. Le dije que me parecían unos grandísimos inventos, sí. ¿Que qué me respondió? Pues eso, que si seguía así, muy pronto me iban a dar el Darwin ese. Calla, calla, no me asustes, ¿eh?, aunque, visto así, quizá tengas razón, y el tío no tenía otra cosa en mente que estrangularme, no sé... En fin, oye, que me da igual, que una es como es y no todos son como tú, que me aguantas desde hace, ¿cuánto?, uf, ¿tanto ya?, qué horror, ¿no?.
Aniki

martes, 24 de agosto de 2010

Un día gris



Date prisa, hombre, mira qué hora es. Ahí están los ascensores. Sí, ya sé que está en la planta primera, lo que no recuerdo ahora es en qué sala. ¿Estás seguro de que está en la siete? A mí me suena más la cuatro. Mira, ahí está la sala siete, vamos. Y sobre todo, no olvides que un gesto de afecto vale más que mil palabras. Por cierto, ¿sabes cómo se llamaba el muerto? Ah, Luis, vale. ¿Y era muy mayor, el hombre? Por Dios, ciento cuatro años, qué barbaridad. Mala hierba, fijo, lo más probable es que no haya hecho otra cosa que joder al prójimo a base de bien. Que si Dios ha tardado tanto tiempo en guiñarle el ojo es porque no le querría a su lado. Bueno, hombre, no te pongas así, que ya sé que era el padre de tu mejor amigo. Pero una vez oí decir que era un miserable de cuidado, de los que no daban una limosna ni a punta de pistola. Y ahora cállate y déjame a mí. Verás, verás qué bien lloro...

Ay, señora, qué pérdida tan lamentable, no sabe usted cómo lo sentimos. Pues no, señora, no, aunque no tuvimos la ocasión de conocer en vida a su difunto esposo, nos hablaron muy bien de él. Mi marido, aquí presente, es un buen amigo de su hijo. Fueron juntos a la Universidad. ¿Qué dice de Polonia?. No, no, en España, señora, estudiaron en Barcelona. Mi marido no ha estado nunca en Polonia, de hecho, no sale del barrio. Y ahora, si me disculpa un minuto, señora, que no sé qué intenta decirme mi esposo.

Oye, ¿qué hacías, ahí, detrás de mí, dándome pellizcos en el brazo? Qué maleducado. Venga, dime de una vez qué querías. ¿Cómo dices? Ay, Dios, yo te mato. ¿Me estás diciendo que nos hemos equivocado de sala? ¡Serás bobo! Ya te dije en el ascensor que era la sala cuatro y no la siete, pero tú, erre que erre. Y ahora qué le digo yo a esta pobre mujer ¿eh?. Anda, vámonos. Necesito que me dé el aire. ¿Cómo dices? ¿Me estás pidiendo que te acompañe a la sala cuatro? Te diré lo que voy a hacer como no te calles. Voy a alquilar una sala con tu nombre en oro para que no se pierdan los que vengan a velarte. Y no me hables, ¿eh?, no me hables durante los próximos cien años.

Aniki

sábado, 14 de agosto de 2010

Dulce salitre

Llafranc. Costa Brava (Girona).

¿Cómo es posible que no la recuerdes? Sí, hombre, Andrea, la hermana de Alberto, el dentista. Qué lástima, tan joven, tan mona, y de la noche a la mañana, viudísima. Está destrozada. Tú, que te la mirabas con cara de hambre, no has ido a verla, ni darle el pésame siquiera. Qué poca sensibilidad tienes. Parece mentira que sigas comiendo, ahí, la cabeza gacha, la nariz en la sopa, como si nada. Pareces un pasmarote. Anda, echa más cava que hoy me apetece olvidarte. Por cierto, aún no me has dicho a dónde quieres ir de vacaciones. Que sí, hombre, no seas pelmazo, ya sé que te prometí que iríamos a donde tú quisieras. ¿A Tossa de Mar? Ni lo sueñes. Hay más de treinta kilómetros de curvas que se marea hasta el motor, con la de despeñes que hay por ahí, quita, quita. Podríamos ir a Llafranc. Hay un hotel junto al faro que tiene unas vistas de lujo. Bueno, sí, las vistas y el hotel, claro, ahí todo es de lujo. No empieces, ¿eh? No me seas rácano, hombre. ¿O tengo que recordarte quién pagó el crucero del verano pasado? Pues no se hable más, nos vamos a Llafranc. Y deja de dar chasquidos a la lengua ¿vale? Mira que está feo, eso. Ay, ahora que hablamos de cosas feas, se me olvidó decirte que sobre las doce llamó tu madre. Dijo no sé qué de comer mañana con tu primo el cojito de Sants, así le llamabais, ¿no?, el cojito, sí, y le falta más de media pierna. Aún recuerdo cómo os divertíais, tú y tus amigos, empujándole cuando iba a bajar del bus. Venga, levanta, que estás medio atontado. Ya te dije que no bebieras tanto. Hoy echaremos la siesta juntos. No, no, nada de quedarte en el sofá, tú te vienes a la cama conmigo que después de tantos años si no roncas no atrapo el sueño. Y ahora dame un beso que no hago más que pensar en la pobre Andrea. Mira que si te perdiera, así, de pronto, como de un plumazo, ay, no sé qué haría, quizá me moriría también, sí, eso haría, morirme en vida. Anda, tira para la cama que me deprimes.
Aniki

miércoles, 14 de julio de 2010

Gazpacho andaluz


Anda, elige de una vez. Ahí está la carta. Mira qué cuadros, qué vajilla, qué todo. Este sí es un buen restaurante. Tú sí que no tienes ni idea, qué vas a saber tú si no sales de la bodega del Pepe. Aquí son gente elegante. Fíjate, todo el mundo está la mar de serio, menos tú, claro, porque si no das la nota revientas. Mírate, con la servilleta en el cuello como si estuvieras en plena calçotada. Ya se lo digo a mi madre, que a ti sólo se te puede llevar a comer a la montaña, como a las bestias. Oye, deja que yo escoja por ti, que aún te veo pidiendo un pincho de tortilla. Mira, hay gazpacho. Sí, ya sé que te gusta el gazpacho, pues ya está, te pido el gazpacho y unas costillas de cordero con guarnición. Yo me pido una ensalada de cabra y la dorada. Tú sí que estás como una cabra, y cállate que viene el camarero a tomar nota. ¿Cómo se te ocurre preguntarle al camarero de qué está hecho el gazpacho? Claro que hecho aquí, en Cataluña, no te vayas a creer que lo acaban de traer de un pueblo de Andalucía. Mira que he estado a punto de pedirme el dichoso gazpacho, pero después de ver cómo lo sacan de ese cántaro que hay ahí. Si parece un barreño de esos para lavar pañales. A ver, pasmado, que no digo que esté malo, pero tanto tomate te dará reúma. Y el pimiento, bueno, el pimiento: ideal para las ambolias, y no para curarlas, no, todo lo contrario. Y la cebolla, es pésima para el oído, lo que te faltaba, tú que estás más sordo que un caballito de mar, que ya es decir, ¿eh? Y el pan, a trocitos, ves a saber, serán los restos que retiran de las mesas. ¿Cómo que no tienes hambre? A mí no me dejes mal, ¿eh? Ni se te ocurra dejar la comida. Anda, come y déjame en paz.
Aniki

domingo, 27 de junio de 2010

Mundial Sudáfrica 2010




Barcelona, 21 de junio 2010.
Oye, vamos a tomarnos algo, que estoy muerta, me tienes todo el día de tienda en tienda, que ya no puedo con mis pies. Total, para una faja. Oye, que no me río de tu madre, sólo digo que como regalo de aniversario no me parece apropiado, que no digo, no, que no le haga falta. Y no me grites, que no estoy sorda. Por cierto, tu madre cada día oye menos, ¿será por eso que se ha vuelto tan gritona? No, no hay recochineo en la manera de decir que tu madre está sorda como una tapia.
Oye, ¿a qué sitio me has traído? Ya podríamos haber entrado en alguna cafetería mejor que esta, pues vaya gente que hay por aquí. Tú sí que eres cargante. No me extraña que mis amigas me miren con cara de pena, pero es por ti, sí, me miran por tu culpa, seguro que se preguntan, cómo puedo salir con un tipo tan agrio y cargante. Anda, vamos a esa mesa del rincón, ahí parece que no llega el humo. ¿Y por qué en la barra? No ves que está llena de tíos fumando y gritando. Míralos, están todos con el careto pegado al televisor. Y a mi qué me importa que juegue España contra Chile, ¿no me habrás traído a este antro sólo para ver el fútbol, verdad? A mí no me hagas callar. ¿Y a qué hora termina el partido? ¿A las diez? Ni lo sueñes, no pienso quedarme aquí hasta las diez de la noche, además, quedamos en que iríamos al cine. ¡Por supuesto que me voy! Mira, te lo diré una vez, y piensa lo que quieras, pero a mí no me engañas más. Seguramente esta noche sea la última, porque hasta ayer pude decir mañana, y hoy ya... Quién sabe...
Aniki