Muchos son los que sueñan con días que no vendrán, otros, en cambio, se aferran a los vestigios de un viejo ayer. Qué largo y sombrío se hace el invierno para los que no han despertado a la primavera ni barrido las hojas muertas.
La mujer estaba sentada al borde de una oxidada cama de metal. Era de una belleza exquisita que contrastaba vivamente con la dureza de las otras mujeres de la calle. El hombre la observaba en silencio mientras extraía de su cartera el dinero acordado. La mujer contó los billetes antes de guardarlos en su bolso. Ella era un caso perdido, y aunque algunas veces se sentía apeada de la vida, derrotada y sin esperanzas, otras, se veía a sí misma muy lejos de esas calles sin nombre, pero él… El no era un hombre desesperado, él era la desesperación misma. Un hombre con alma y mente, apuesto y con dinero, y… Y todo inútil, porque tenía el corazón muerto. -Date prisa –ordenó el hombre-. Estoy empezando a hartarme de ti y de que me mires con aire compasivo. No eres más que una puta –exclamó, enfurecido-. Una puta muy cara, por cierto –agregó, mirando su reloj. La mujer montó a horcajadas sobre él y fue moviendo las caderas a ritmo lento y en círculos. -Yo sé lo que soy –respondió ella, sin dejar de moverse. Y también sé por qué estoy aquí, pero tú… ¿Te has preguntado alguna vez por qué vienes una y otra vez? –preguntó ella suavemente. El hombre cerró los ojos y no respondió. Ambos conocían la respuesta. Aquella mujer era la viva imagen de su difunta esposa; el cabello largo y sedoso; unos ojos oscuros y profundos; la piel blanca como la nieve… La primera vez que la vio quedó totalmente hechizado, y desde entonces, aquella puta se había convertido en su consuelo, y sin embargo, en ocasiones, la detestaba. Las pocas veces que habían mantenido una conversación, ella se había mostrado compasiva y amable con él, pero a los pocos minutos la sorprendía con la cabeza vuelta hacia la ventana y con la mirada puesta en las estrellas, como si sólo ellas pudieran salvarla de su propio infierno. De repente tuvo la extraña sensación de que el peso de aquella mujer acabaría matándolo, y la empujó a un lado. Ella lo miró a los ojos y sonrió. -¿Cuándo comprenderás que yo no soy ella? –le preguntó. El hombre cogió sus ropas y se vistió en silencio. -Cuando comprendes, la realidad depende de ti. Cuando no comprendes, eres tú quien depende de la realidad, y cuando dependes de la realidad, todo es falso –dijo ella. Cuando salió a la calle, el hombre alzó la mirada, y por un momento tuvo la extraña impresión de que hasta las estrellas se habían extinguido.